Horas más tarde, a la salida de la escuela donde Alberto se desempeñaba como profesor de
lengua,se dirigió a un bar dispueto a escribir; sacó sus anotaciones de la mañana tomadas de un sueño, que seguramente tuvo antes de despertar, las releyó con cuidado, se sentía
inspirado y despacito fue componiendo lo siguiente: era ya el crepúsculo, las sombras de
la noche pronto lo cubrirían todo, había parado de llover entonces, Benicio pudo avanzar por
el camino; mientras se deslizaba por la suave pendiente, sus narinas ávidas y con deleite
aspiraban el penetrante olor a jazmín que se desprendía de los jardines vecinos, pero
enseguida una mueca de asco se dibujó en su rostro, pues recordó que cierta vez siendo
un niño pequeño masticó y tragó pétalos de jazmín, eran tan atrayentes, tan suavemente
aterciopelados...... pero ¡qué fastidio! cuando más tarde se sintió mal y tuvo que ser
atendido de urgencia; su madre preocupada no sabía si retarlo o consolarlo, lo estrechaba
contra sí repitiendo una y otras vez :"pero mi niño tonto, ¿cómo pudiste, qué te pasó?" si
casi te intoxicas con los jazmines, ellos no son comestibles, son tan sólo flores vistosas
y nada más ¿entendes ahora?".
Avanzando en la noche, acompañando por el canto de los grillos y las luciérnagas titilando
aquí y allá, Benicio pensaba en el búho, que posado en la rama del árbol, extático lo
esperaba al final del camino; casi parecía una momia por lo imperturbable de su expresión
, sin embargo sus grandes ojos de dulce mirar, lo seguían en sus más mínimos movimientos,
él lo contemplaba siempre cual un enamorado, pero esa noche superponiéndose con la
lechuza, veía a su madre trayéndole helados, asomada a la ventana lo miraba embelesada:
"Benicio veni , toma te traje helado" y de repente un desparramo de carcajadas replicándose
cual un eco, ¡"basta ya Benicio, deja de hacer morisquetas! me haces desternillar de risa,
no doy más", y otra vez el silencio de la noche, los ojos redondos del búho y la tierna mirada
de su madre; Benicio aturdido ya no sabía quien es quien, y tuvo una idea loca: la lechuza
su madre, su madre la lechuza, ¿serán lo mismo?, ambas lo quisieron, lo quieren, las miraba
como en éxtasis, pero temeroso. De pronto una música ligera, acompasada que le llegaba de
lejos le hizo recordar el concierto de esa noche, entonces apuró la marcha; al entrar al salón
del club,vio al negro con sus ropas chillonas y extravagantes que se movía a compás y sensual entonaba la canción de siempre, Benicio avanzó hacia el fondo de la sala, donde lo
aguardaba el piano con la tapa levantada, todavía confuso no veía las partituras, sólo eran
sus dedos alocados que desprendían notas y más notas, totalmente fuera de pentagrama,
todo su cuerpo vibraba al unísono, cuando terminó de tocar el negro lo aplaudió eufórico,
¡"qué buena improvisación, bravo!, así se toca el jazz me hiciste bailar como loco, ahora
volvamos a los lentos, así yo también me puedo lucir cantando, pero... ¡muy bien muchacho!,
bravo!"; Benicio lo miraba como ido sin entender demasiado, sólo pensaba como
emprendería el camino de regreso, con los cuatro ojos acechando en la noche.





