NOSTALGIAS DE UN AYER
¡Qué vacaciones aquéllas! recordó Jorge apoltronado cómodamente en el sillón; al lado crepitaban los leños. Se sentía casi feliz con su ensoñación nostalgiosa, evidentemente era un romántico emperdenido, quizás el último de una especie en extinción.
Por sus ojos se deslizaron sucesivamente: un cielo gris en esa tarde otoñal, algunas aves que volando bajo parecían haber perdido el rumbo, un inmenso prado y a lo lejos, las pequeñas mesetas que emergían apenas a través de las brumas; se veía caminando por el sendero de tierra, absorto en la contemplación del paisaje cuando, sus ojos tropezaron con túnicas desplegadas al viento y entre ellas una figura de mujer esbelta, tenue, casi fantasmal; así la conoció, así lo sedujo. Fue un romance de novela, amor de verano, pasional y fugaz, pero lleno de promesas; desdibujada por el tiempo, la veía de mil maneras, ora cual una bailarina que se deslizaba sutil con movimientos armoniosos, o grandilocuentes, en cada giro parecía entregar el alma; su larga cabellera le parecía estar al alcance de sus manos, imperceptiblemente los dedos de Jorge se movieron apenas; de repente le parecía escuchar su voz y las largas pláticas que mantenían al anochecer acudieron a su memoria; a veces ella parecía saberlo todo, discurría vivaz, la mente despierta,los ojos brillantes; otras se sumergía en el absurdo, fabulaba atropellándose con las palabras, se mofaba de él y se mataba de la risa.
Dada esta situación se sentía indefenso, la miraba huraño, se quería evadir, cualquier pretexto le era útil para irse pronto, circunstancia que a ella la ponía eufórica, el cuerpo sacudido por carcajadas.
Otras veces adoptaba poses de seducción, recordó que uno de los últimos días, ella lo esperó sentada en una banqueta alta, enfundada en unos ajustados pantalones, las piernas cruzadas, una sonrisa provocativa en sus labios rojos, sus brazos extendidos parecían llamarlo.
Con estas imágenes danzando en su retina, el día fué declinando y Jorge se quedó dormido; despertó sobresaltado, cuando repentinamente la habitación se iluminó toda, en la puerta su mujer, Julia, que había prendido la luz, alegre le decía: -"hola querido, ¿te quedaste dormido otra vez?, vení ayudame con las compras"; Jorge aún somnoliento la miró extrañado, luego observó el cigarrillo intacto entre sus dedos, y a un costado la taza de café sin tomar, dispuesto a levantarse, lo apuró rápido a grandes sorbos, el café frío se deslizó por su interior dejándole un amargo sabor, se había olvidado de endulzarlo.