viernes, 26 de mayo de 2017

MI BARRIO

MI BARRIO

Villa del Parque, mi barrio de la infancia, del adolescer..., tan querido por mi; la Agronomía tan amplia, tan abarcativa, pocos árboles, tanto pasto, pura llanura, el sol resplandeciente y los chivos comiendo de mi mano ese pasto seco, maduro; sus narinas se expandían como aletas apenas temblorosas, mientras deglutían ese manjar, siempre ávidas.
Esquinas pequeñas por donde me asomaba, para ver llegar a mi padre a la vuelta del trabajo; casitas bajas, terrazas amplias, jardines al frente olían a rosas, coronas de novia, azahares o damas de noche. Justo enfrente de mi casa había un jardín enorme que, se extendía en profundidad hacia los fondos de la casa, por él se paseaba una enorme tortuga de oscuro caparazón, que curiosa asomaba su cabeza al verano incipiente.
Al lado una panadería, más propicia a las facturas que al pan; la panadería del barrio, era la de la calle Nogoyá, a dos cuadras de mi casa; los domingos llevábamos asaderas con carne o pollo a cocinar, pues pocos vecinos disponían de cocina con horno.
También enfrente, en la esquina de Zamudio y Baigorria, había un potrero con algunas gallinas andando y un árbol de moras que era la delicia de los chicos del barrio; en el terreno una casita pobretona habitada por un borrachín, le decían el loco del barrio, muy ufano usaba zapatillas de distinto color; el viejo era un gran simulador, pues nos concedía las moras haciéndose el tonto, aunque a veces nos corría con un palo, para mi era el hombre de la bolsa.
En la otra esquina,General Rivas y Zamudio, había un almacén que vendía todo suelto, calzaban los productos con una pala,  los pesaban y  los envolvían en sobres papel madera, con dos nudos arriba semejantes a cuernitos; al lado estaba la lechería, se buscaba la leche, el dulce de leche o crema con sendos cacharros, (no existían los productos envasados).
Calles tranquilas, casi desiertas, rara vez un auto, era nuestro amplio patio de juegos: y era la rayuela, la mancha, el patrón de la vereda, las bolitas y las figuritas; las veredas sin roturas, impecables, cada uno cuidaba de la suya con esmero.
Cada tanto desfilaba un vendedor de aves, con gallinas, patos, tan altaneros tan gallardos pobres, o pasaba el vendedor de plumeros y escobas, el camión del sodero, el carro de la panificación tirado por dos briosos caballos, uno de ellos no se iba si no lo convidaban con un terrón de azúcar, era su costumbre, su premio matutino; y por las tardes ¡ah!... los helados "Laponia" con su cántico habitual, ¡qué fiesta!.
Hacia dentro del barrio, la vía del tren con su gran puente para cruzar del otro lado; en las noches de verano, ir allí y pararse justo a nivel de la vía, por donde pasaría el tren era toda una aventura, llegaba la locomotora con su silbato a cuestas tan veloz, que nos daba la sensación de ser embestidos; nos cubríamos los oídos y los ojos y al abrirlos, el tren deslizándose allí abajo, parecía una serpentina.
Sobre Gen. Rivas, cerca de la vía estaba la calesita con su música, su intenso colorido y la esperanza de todos, la sortija.   En carnaval, por mi calle a la noche desfilaba la murga y en las calurosas tardes jugábamos al agua.
El club del barrio fue primero Rácing en la calle Nogoyá, y luego Comunicaciones con sus bailes carnavalescos, familiares e inocentes.
 Hacia afuera la gran Avda. San Martín, importante por su nombre, reunía el transporte del barrio; el chirriar de los tranvías con su motorman, y la campanilla para avisar de las paradas. 
 Sobre la avenida: mi escuela donde una vez fui escolta y manejé un títere, la directora robusta, de amplio pecho, se imponía más por miedo que por respeto; el cine Yapeyú con su día de damas y la iglesia justo enfrente de la Agronomía; en su cúpula, una enorme cruz que vista de lejos, daba la impresión de una fina aguja despuntando en el cielo; su campanario sonaba en las horas vespertinas, y temprano los domingos, llamando a misa; algunos sábados se vestía de fiesta, se pintaba de blanco, se aromaba con azahares, y era el desfile de parejas de novios, que frente al altar se juraban amor eterno.
Historias de otro tiempo, ése era mi barrio  ¿lindo no?.   



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