La fuerte tormenta de verano sacudía la copa de los árboles, y el agua a torrentes se precipitaba, de a poco la lluvia fue amainando y ya se deslizaba suave mojando los pastizales, las plantas que pronto florecerán; ¡qué alegre verdor!.
Absorta miraba por la ventana y otra vez mis pensamientos en tinieblas, los científicos vaticinan para la tierra, una era de sequía ¿se cubrirá todo de arena, morirán los vegetales, la vida misma y será el desierto?, ¿acaso se cumplirá la profecía, esa que asegura que nunca más volverá a llover?.
Alterada salí al exterior a mojarme con la fina lluvia, quise sentirla, tocarla; se humedecieron mis manos, levanté el rostro casi dispuesta a beberla, sentí como se mojaban mis cabellos, se empapaba mi vestido, pero qué alegría!, el calor insoportable se disipaba, todo resplandecía otra vez; gotas perladas brillando en las hojas de los árboles, y el cielo otra vez límpido con un sol asomando apenas. De pronto en mi memoria, aquélla canción de mi infancia: “que llueva, que llueva la vieja está en la cueva, los pajaritos cantan……, levantando los brazos y mirando a lo lejos exclamé: “ Bendita naturaleza no te pierdas en la nada”.