jueves, 5 de diciembre de 2013

UN RECUERDO ENVOLVENTE

Eloísa con la mirada perdida, despatarrada en el amplio sofá ubicado en el ángulo de la habitación, así se interrogaba: ¿porqué ese recuerdo en especial si son tantos los que perturban mi memoria? ; era la hora del crepúsculo, de modo que reinaba una semipenumbra, el desorden habitual le importaba apenas; cada tanto se removía inquieta y escudriñaba por los amplios ventanales como buscando, o esperando ansiosa que se aproximara aquella silueta tan querida, pero no, tan solo veía las hojas de los árboles abanicados por el viento, ramas que cual juncos se doblegaban a compás, algunas casas dispersas y un camino desierto de difícil acceso; hacía un mes que habitaba esa cabaña alejada del mundanal ruido. Volvió a sumergirse en los viejos aconteceres, se veía a sí misma caminando por la playa de ese pequeño pueblo de pescadores, con los pies chapoteando en el agua, salpicada por las tibias burbujas que se resolvían en la orilla, iban de la mano,  él entonando canciones de amor, ella reía feliz, cada tanto se entretenían en un abrazo y beso apasionados, el día declinaba ya, las barcazas de los pescadores se acercaban a las orillas, ¡cuántas veces cocinó para él ese pescado fresco, casi inodoro, mientras por la ventanita de la cocina, observaba la puesta del sol, era algo que la extasiaba ver como esa bola de fuego, finalmente se resolvía en franjas rojas y naranjas allá lejos en el horizonte, parecía que la tierra se lo tragaba, mientras despacito, la luna hacía su aparición, y alguna que otra estrella titilaba pícara. A veces en las noches cálidas se acercaban a la playa, siempre queriéndose, proyectando el futuro, si la lluvia arreciaba, cada uno se zambullía en su lectura favorita o compartían algún juego de naipes, también disfrutaban de la música afro brasileña propia del lugar;  recordó la vez que compraron un CD, y se lo olvidaron en el negocio, cuando volvieron a los meses a preguntar , el dueño lo recordó perfectamente, ¡no lo podían creer!. Fue en el verano del 82 que Eloísa había querido ir a Buzios, ese rincón verde de paz con sus callecitas coloniales , sus casitas bajas de corte lusitano, que parecían salidas de un cuento de hadas , y sus tranquilas aguas con  barquitos anclados en  las orillas. Allí lo conoció a Ricardo, pensó que ese amor sería para siempre, pero transcurrido un tiempo, otra vez el hastío y la nada, sin embargo añoranzas de por medio, sigue esperanzada no sabe bien porqué, mientras en su retina, se reflejan los barquitos del muelle, siempre disponibles, como esperando…..; un llanto quedo se deslizó por su rostro. 

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