UN RECUERDO ENVOLVENTE
Eloísa con la mirada
perdida, despatarrada en el amplio sofá ubicado en el ángulo de la habitación,
así se interrogaba: ¿porqué ese recuerdo en especial si son tantos los que
perturban mi memoria? ; era la hora del crepúsculo, de modo que reinaba una
semipenumbra, el desorden habitual le importaba apenas; cada tanto se removía
inquieta y escudriñaba por los amplios ventanales como buscando, o esperando
ansiosa que se aproximara aquella silueta tan querida, pero no, tan solo veía
las hojas de los árboles abanicados por el viento, ramas que cual juncos se
doblegaban a compás, algunas casas dispersas y un camino desierto de difícil acceso;
hacía un mes que habitaba esa cabaña alejada del mundanal ruido. Volvió a
sumergirse en los viejos aconteceres, se veía a sí misma caminando por la playa
de ese pequeño pueblo de pescadores, con los pies chapoteando en el agua,
salpicada por las tibias burbujas que se resolvían en la orilla, iban de la
mano, él entonando canciones de amor,
ella reía feliz, cada tanto se entretenían en un abrazo y beso apasionados, el
día declinaba ya, las barcazas de los pescadores se acercaban a las orillas,
¡cuántas veces cocinó para él ese pescado fresco, casi inodoro, mientras por la
ventanita de la cocina, observaba la puesta del sol, era algo que la extasiaba
ver como esa bola de fuego, finalmente se resolvía en franjas rojas y naranjas
allá lejos en el horizonte, parecía que la tierra se lo tragaba, mientras
despacito, la luna hacía su aparición, y alguna que otra estrella titilaba
pícara. A veces en las noches cálidas se acercaban a la playa, siempre
queriéndose, proyectando el futuro, si la lluvia arreciaba, cada uno se
zambullía en su lectura favorita o compartían algún juego de naipes, también
disfrutaban de la música afro brasileña propia del lugar; recordó la vez que
compraron un CD, y se lo olvidaron en el negocio, cuando volvieron a los
meses a preguntar , el dueño lo recordó perfectamente, ¡no lo podían creer!.
Fue en el verano del 82 que Eloísa había querido ir a Buzios, ese rincón verde
de paz con sus callecitas coloniales , sus casitas bajas de corte lusitano, que
parecían salidas de un cuento de hadas , y sus tranquilas aguas con barquitos anclados en las orillas. Allí lo conoció a Ricardo, pensó
que ese amor sería para siempre, pero transcurrido un tiempo, otra vez el
hastío y la nada, sin embargo añoranzas de por medio, sigue esperanzada no sabe
bien porqué, mientras en su retina, se reflejan los barquitos del muelle,
siempre disponibles, como esperando…..; un llanto quedo se deslizó por su
rostro.
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