Cierta mañana apenas despierto, se miró en el espejo y se vio algo demacrado, al principio no le dio importancia, pero con el correr de las horas comenzó a preocuparse; sentía la boca pastosa, un sabor dulzón como de ciruelas secas, se meneaba entre sus mejillas, la lengua y los dientes,¡qué extraño! se dijo, no recuerdo haberla comido, ni siquiera haberla olfateado, sin embargo algo me pasa con esa fruta carnosa; bueno mejor me visto, me preparo el desayuno y a mis quehaceres habituales; pero he aquí que la ciruela lo persigue, si hasta le parece verla deslizarse furtiva en su boca; volvió nuevamente al baño, abrió la canilla de agua caliente con la intención de afeitarse, y mientras, abriendo la boca de par en par y moviendo la mandíbula a izquierda y derecha, el espejo le devolvía una imagen díscola, sintió espanto, ya no supo si era él o la ciruela o muchas. Es cierto que le encantaban, es cierto que las había deseado pero no había comido ninguna.
Su noche había sido una lucha entre él y el sueño, la madrugada lo encontró despierto, pero su día, ese día parecía una inquietante tarta de ciruelas secas, Juan siguió pegado al espejo observándose, haciendo morisquetas, mientras en la cocina, la pava silbaba alegremente.
