domingo, 7 de julio de 2013

 

 REFLEXIONES DE UN PEZ

                                                                                                                       Para Rusbella

¿Yo un pescado?, ¡qué ocurrencia!, sin embargo puede ser, pues muchas veces nado a la deriva sin mirar ni ver; prefiero ser pez muerto antes que un estúpido pescado. Cuando las aguas se enturbian son un peligro, me puedo atragantar, asfixiar, si así lo percibo, con rápido aleteo me zambullo muy hondo, donde las aguas son límpidas, cristalinas; allí descubro un mundo de otros seres: corales blancos y rosados, esponjas, estrellas, caracoles, caballitos de mar; también barcos averiados, destrozados y hundidos por la fuerza del mar; restos de objetos múltiples, algunos de gran valor; lentamente me deslizo entre ellos observando de reojo, con mi ojo y el otro a los lados de mi cara; y ¿ si me topo con un tesoro? ¡bah! me da lo mismo, después de todo soy nada más que un pez, pero....¡qué pez!. Aveces cuando nado cerca de la superficie, donde voy para alimentarme de los ricos plancton y algas y también para mirar un poco por la ventana de mi casa, escucho voces que dicen:"¡mirá que lindo pez, que colores, que elegante , cómo se mueve!"; me tiran miguitas, trocitos de galletitas; sí, me asusto y rápido giro para abajo, pero ¡ojo! vuelvo enseguida, porque me gusta que me alaben, también a veces lo que me tiran, abro la boca, picoteo un poquito acá y otro más allá; miro curioso a esos otros , chiquitos y grandes que parlotean tanto, casi demasiado, creo que les dicen personas. De algunos me tengo que cuidar, lo mismo que de las ballenas y tiburones, pero ¡qué extraño! tanto unos como otros que nada que ver de tan distintos, me quieren comer; debo ser muy rico y nutritivo. Los que viven conmigo en el agua son malos vecinos, pues me atacan directo, sin ninguna parsimonia; yo juego con ellos a las escondidas y hay que estar muy atento, porque si no, se termina el cuento; en cambio los otros, esos que están del otro lado ¡cuanta vuelta!, se andan con un hilo largo, lo llaman caña de pescar y en la punta le ponen algo como una carnada, para engañar; se sientan ahí nomas en la puerta de mi casa, ¡qué atrevidos! y se pasan las horas esperando que pique, yo sé que si me descuido, puedo picar el anzuelo, entonces de pez paso a ser pescado. No me puedo imaginar tanto sufrimiento, ni pensar como sería estar fuera del agua; acompañar sin una queja, el crepitar saltarín del aceite en una sartén, o el bullicio del agua hirviendo en una olla; ¡oh no yo no debo ser pescado!, para convertirme en lo que llaman un "pescado", sólo pretendo ser un pez, aunque mi vida sea un transcurrir monótono sin grandes proezas, pero que para mi es trascendente.



 

EL ARTE NO INTERROGA

  EL ARTE NO INTERROGA Lenguaje teatral en un rostro impávido; manos artísticas lo transforman, de un blanco aterciopelado va virando a lo...