Astor en Paris, apasionado del tango, con su vuelo tan melodioso, tan sutil, va desgranando notas, un viejo reloj yace detenido en el tiempo, la nostalgia se remonta a su adorada Buenos Aires y los recuerdos se suceden: el centro de la ciudad, con el obelisco allá lejos como un faro alumbrando, compadritos de traje y sombrero y un piropo que se desliza como un susurro; las calles con su empedrado y en ellas repicando autos y colectivos de antaño, un pasaje solitario de veredas angostas y más allá de San Telmo y el barrio histórico, reflejo de un tiempo que fue, el puerto y ese río leonino tan gris, tan lejano, escondido tras las brumas de un día lluvioso.
Una antigua cámara de fotos, rescatando rostros pensativos de un ayer lejano, feliz, ¿qúé transcurre por sus mentes?, quizás el ensueño de un abrazo milongueado, tacos altos describiendo ochos, firuletes y zancadillas; mejillas y emoción compartidos y un solo corazón.
Así en noches trasnochadas ellos se conocieron, al compás del 4x4 se amaron; cadencias de un tiempo feliz que de a poco se fue transformando, él partió en aquél tren lejano de vías cruzadas, quizás ahora en desuso, ella aún se pasea por las calles de la boca; las grúas ya no son tales, solo monumentos del pasado, el riachuelo continúa con sus rumores de siempre, mientras un tranvía amarillo transcurriendo por las calles de la ciudad, ya es puro recuerdo.
Felisa Jakubowicz
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