Leandro Alem y Corrientes, café “La Tempestad”, neblinas acechando y desde el puerto cercano, las sirenas de los barcos que vienen y van, parecen estampidos en la noche oscura.
Mesa 4 pegada a la ventana, hay un alguien que espera en eterno soliloquio con una copa vacía, ella ansiosa lo mira y parpadea cada tanto; con el rugir de las sirenas, tintinea y se ruboriza, a veces se doblega sobre sí misma y uno de sus bordes parece transformarse; ese alguien que espera se sonríe y al rato estalla en carcajadas, ella avergonzada se endereza simulando indiferencia.
Los une el desconsuelo y la vana tristeza, ella tiembla y se balancea ante esa charla repetitiva, ¡”María, María qué pasó, pero porqué”!; no obstante siempre lo espera, pero aquélla noche y las otras no volvió; ella se fue opacando, perdiendo su brillo, añoraba su eterno pregón, transida de pena y soledad un día se quebró.
Con el despertar mañanero, Luis el mozo del café gritó: ¡“Uy la copa de la mesa 4 se rompió!, ¿habrá sido el viento fuerte de anoche’”?- “extrañaría al viejo loco ¡JAJA!, que le hacía compañía” , mientras desparramados sobre el mantel tricolor yacían pedazos de cristal, que semejaban perladas gotas de lágrimas.
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