Loa días se extendían pletóricos, todo transcurría pausado, las hojas del almanaque se desgranaban sin sobresaltos; era tiempo de pasear la mirada por la copa de los árboles, el capullo en flor, de fantasear y crear; de bandada de pájaros casi detenidos en los cielos, de mariposas con su lento aletear y desparramo de colores, un tiempo detenido con permiso para el goce, el proyectar la esperanza era una caricia al alma.
No existía la tecnología, era tiempo de encuentros y compartir, de murmullos y risas o llanto sosegado, de amistad genuina, las palabras tenían el valor del compromiso y las turbulencias hechos aislados, extraños.
Tiempos de siestas y la modorra del domingo, de saludos y encuentros de vecinos, cada uno responsable de su vereda que lucía impecable, eran las casas de puertas abiertas, solo por la noche se giraba la llave, existía la confianza; los niños jugaban en la calle, mientras la musiquita de la calesita barrial invitaba a una vuelta más.
La escuela lugar sagrado, digno y la maestra la querida segunda mamá, había pautas y costumbres; los niños vivían sus etapas, también los adultos; no existían las múltiples tareas ni las corridas vacías, tampoco la tiranía agobiante de agujas implacables marcando los minutos, sino espacio y holgura para casi todo.
Y el fin de año era una gran fiesta a celebrar, brindemos, brindemos por nuevos y buenos deseos, salud!!!.
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