RECUERDOS DE PARIS
Estoy en Le Marais barrio bohemio de Paris, caminando por sus calles pintorescas abundante en adornos florales.
Allí se conjugan la casa- museo del famoso escritor Víctor Hugo, el Museo Picasso y galerías de arte varias; atraída por una suave música jazzística, me detengo frente a una de ellas, ¡oh! ¡qué hermoso suena ese saxo acompañado de piano y batería!, intrigada me asomo a su interior, y ante mis ojos desfilan numerosas pinturas, esculturas, esbozos de dibujos.
La pareja humana se repite una y otra vez, en sus diferentes decires: amatoria, huidiza, sospechada y un ojo verde que espía; besos compartidos, anhelantes aún a través de la distancia o la cercanía inmediata; detenida ante las diferentes obras voy fantaseando.
En un extremo de la galería, el retrato de una mujer llorando, ¿acaso transida de dolor por una ausencia, o una irreparable pérdida?, más allá una escultura de madera en postura de mente pensante, ¿acaso pausada por la nostalgia y recuerdos huidizos?; en el centro del salón se destaca la pintura de un rostro adolescente, con suaves coloridos semeja un ensueño envuelta en románticos efluvios, y avanzando hacia mi izquierda dibujos de cuerpos desnudos, cuerpos así como engendrados, con sus bellezas e imperfecciones, cuerpos que encierran la energía universal, , el placer y la incógnita de futuros devenires.
Paso a una sala contigua, más pequeña, menos iluminada y quedé impactada por figuras de intenso colorido y trazos firmes, ¿una réplica de Picasso?: rostros disímiles, yuxtapuestos como el engranaje de una obra de teatro con sus distintas máscaras y más allá una pintura de grandes pechos nutrientes descansando sobre un abdomen que aduje gestante.
Finalmente con una sensación de beatitud y cierto cansancio me dirigí a la salida, ya oscurecía, el frío arreciaba y una fina garúa se deslizaba por las calles, en las veredas hojas de intenso color ocre daban su impronta otoñal .
Mi hija que venía de visitar el Museo Picasso me estaba esperando y juntas emprendimos el regreso al hotel en el barrio de Monmartre, así nos fuimos acercando al mítico cabaret de Moulin Rouge , que quedaba a pocas cuadras de nuestro hospedaje, nos detuvimos a observarlo, ¡qué emoción con Toulouse Lautre en el recuerdo!. Un amplio cortinado rojo ondulado por suave brisa cubría el portón, dos afiches en especial me impresionaron: el de una mujer en actitud superflua y provocativa, una amplia cabellera negra cubría su ojo izquierdo y el otro ¿acaso evocaba una bailarina de can can?, con su liga negra, y una amplia pollera roja desplegada cual corola a lo largo de toda su figura.
Noche otoñal helada en Paris abrigada con gorro y guantes, no podía despegar mi mirada de ese molino rojo, gigante, encendido de color cuyas astas, girando lentas sutiles, parecían invitar a pasar una noche extraviada, llena de lujuriosa fantasía.
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