sábado, 5 de diciembre de 2020

RECUERDOS DE PARIS

 

RECUERDOS DE PARIS

Estoy en Le Marais barrio bohemio de Paris, caminando por sus calles pintorescas abundante en adornos florales.

Allí se conjugan la casa- museo del famoso escritor Víctor Hugo, el Museo Picasso y galerías de arte varias; atraída por una suave música jazzística, me detengo frente a una de ellas, ¡oh! ¡qué hermoso suena ese saxo acompañado de piano y batería!, intrigada me asomo a su interior, y ante mis ojos desfilan numerosas pinturas, esculturas, esbozos de dibujos.

La pareja humana se repite una y otra vez, en sus diferentes decires: amatoria, huidiza, sospechada y un ojo verde que espía; besos compartidos, anhelantes aún a través de la distancia o la cercanía inmediata;  detenida ante las diferentes obras voy fantaseando.

En un extremo de la galería, el retrato de una mujer  llorando, ¿acaso transida de dolor por una ausencia, o una irreparable pérdida?, más allá una escultura de madera en postura de mente pensante, ¿acaso pausada por la nostalgia y recuerdos huidizos?; en el centro del salón se destaca la pintura  de un rostro adolescente, con suaves coloridos semeja un ensueño envuelta en románticos efluvios, y avanzando hacia mi izquierda dibujos de cuerpos desnudos, cuerpos así como engendrados, con sus bellezas e imperfecciones, cuerpos que encierran la energía universal, , el placer y la incógnita de futuros devenires.

Paso  a una sala contigua, más pequeña, menos iluminada y quedé impactada por figuras de intenso colorido y trazos firmes, ¿una réplica de Picasso?: rostros disímiles,  yuxtapuestos como el engranaje de una obra de teatro con sus distintas máscaras y más allá una pintura de grandes pechos nutrientes descansando sobre un abdomen que aduje gestante.

Finalmente con una sensación de beatitud y cierto cansancio me dirigí a la salida, ya oscurecía, el frío arreciaba y una fina garúa se deslizaba por las calles, en las veredas hojas de intenso color ocre daban su impronta otoñal .

Mi hija que venía de visitar el Museo Picasso me estaba esperando y juntas emprendimos el regreso al hotel en el barrio de Monmartre, así nos fuimos acercando al mítico cabaret de Moulin Rouge , que quedaba a pocas cuadras de nuestro hospedaje, nos detuvimos a observarlo, ¡qué emoción con Toulouse Lautre en el recuerdo!. Un amplio cortinado rojo ondulado por suave brisa cubría el portón, dos afiches en especial me impresionaron: el de una mujer en actitud superflua y provocativa, una amplia cabellera negra cubría su ojo izquierdo y el otro ¿acaso evocaba una bailarina de can can?, con su liga negra, y una amplia pollera roja desplegada cual corola a lo largo de toda su figura.

Noche otoñal helada en Paris abrigada con gorro y guantes, no podía despegar mi mirada de ese molino rojo, gigante, encendido de color cuyas astas, girando lentas sutiles, parecían invitar a pasar una noche extraviada, llena de lujuriosa fantasía. 

 

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