MI MUSA PREDILECTA
Mis manos son expertas en eso de plasmar en el yeso
diversas estatuillas de
animales, cuerpos alados o terrestres y hasta alguna
naturaleza muerta, pero
moldear tu cuerpo, tan caro a mi corazón, tu bello
cuerpo, a pesar de las
imperfecciones, sería una ardua tarea; pero cierto día de repente, sin saber
bien porqué, sentí la necesidad, o quizás fue el deseo de
tenerte cerca, sentirte
como una presencia viva en mi taller de ermitaño. Ya mis
manos trabajan
febriles transformando el yeso, hacen y deshacen,
pareciera que se resisten,
no se atreven, se quedan en suspenso, y yo de lejos me
quedo observando,
ese algo incipiente que apenas iniciado ya lo quiero
desechar, me embarga la
ansiedad; lo postergo para mañana, ¡qué bajón, pero qué
alivio!. Dejo pasar los
días, hasta que un atardecer , mis manos diligentes, más
confiadas, comienzan
a transformar ese yeso inerte en un bosquejo y aparecen
tu nariz aguileña ,tu
boca apenas entreabierta como queriendo esbozar una
sonrisa, tu cabello
rizado, la forma de tus ojos grandes, y el delicado óvalo
de tu cara y ya le doy
forma a tus brazos fuertes, al contorno de tu cuerpo
viril, a las tetillas apenas
insinuadas, el diminuto ombligo que otrora, fue la
conexión con otra vida para
que tú puedas ser, y ya estoy viendo tus hombros anchos,
tu barriga chata,
tu miembro en reposo, el vello hirsuto pero suave, tus
largas piernas
musculosas y tus pies algo planos que pisan fuerte.
Te miro y te noto una actitud pensante, quizás contemplativa;
tus brazos a lo
largo del cuerpo en posición supina, como esperando
ofrendas. No sé si
logré mi objetivo, pero he aquí, que desde un
pedestal de yeso, y aún sin
pupilas me miras y tu vívida presencia me acompaña, me
inspira.
Felisa Jakubowicz
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