jueves, 16 de agosto de 2012


LOCO DE ATAR?
 
Miguel vivía encerrado en su casa, pues padecía de agorafobia, cada vez que por algún motivo debía salir a la calle, iba acompañado, con la vista baja, mirando apenas lo necesario, pues los autos, la gente, los ruidos propios, le producían vértigo y un malestar intolerable: náuseas, palpitaciones, temblor en las piernas, tenía miedo de caer, las veredas parecían atraerlo con una cruel gravedad. Hacía años que padecía esa dolencia que, para él no era tal, pues en su casa, se había fabricado un mundo propio: sereno apacible, varias veces por día a grandes pasos recorría las amplias habitaciones de su casa, flexionaba y estiraba su cuerpo, se atiborraba de diferentes lecturas, pues tenía una vasta biblioteca; a veces cocinaba. A Miguel le gustaba coser, entonces confeccionaba largas tiras coloreadas, de distintos trozos de tela, restos de ropa que había pertenecido a su madre; o también unía un objeto con otro, entonces se escuchaba un largo martillar, que de a ratos se interrumpía brevemente, el resultado eran formas extrañas que Miguel su creador miraba extasiado. Un día en que estaba bastante aburrido, tuvo impulsos de salir, se acordaba de cuando paseaba por las anchas avenidas, con sus padres y hermanos y más tarde por el parque aquél, el de la pérgola con su novia María, la única que tuvo.... pero ¿y después qué pasó?,no podía recordar, sólo que la calle para él, era una tragedia griega ¡Bah! yo no necesito ver el afuera se decía si tengo la ciudad dentro mío y la puedo reconstruir, armar mil cuentos con ella, no obstante quiso mirar a través del ojo de la cerradura de la puerta de calle; espiaba vizco a izquierda y derecha, pero no, imposible, sólo luces y sombras, escuchaba voces, a veces cercanas, bocinazos de repente una frenada brusca, que él dedujo, fue en la esquina de enfrente, un insulto y otro, un griterío infernal corridas. el ulular de una ambulancia, y más tarde casi pegado a su oreja, un llanto quedo, silencioso. A pesar de tanto tumulto
 se sentía tranquilo, pues él no estaba expuesto sólo percibía, casi intuía una situación; cuando más tarde todo estuvo en calma Miguel sintió que no se podía retirar de la puerta y ahí se pasó la noche. De repente el afuera empezó a interesarle; temprano por la mañana el despertar de la ciudad lo sacó de su sopor, y entonces le pareció ver a los obreros que aún cansinos, mal dormidos, marchaban a las fábricas, más tarde a los empleados con un andar apresurado dirigirse a las oficinas, los negocios, en cierto momento pudo distinguir la carita de un niño, con su delantal blanco  camino a la escuela, no sabe bien porque se identificó con él, sintió nostalgia de su infancia lejana  y como una catarata le sucedieron distintas visiones: una plaza, la hamaca, el tobogán, la calesita, vio la sortija ¡qué maravilla!, como la disfrutaba.......;la calle Corrientes con
 sus luces y carteles de colores, las colas frente a los cines las casas de comida y en medio de ese fulgor, cada tanto un bulto oscuro con forma humana, durmiendo en un umbral, o en la entradita pronunciada de una casa Miguel sintió un escalofrío; también vio hospitales de pasillos lúgubres, heridos en su estructura, médicos atareados, gente esperando, pobreza y abandono; escuelas despintadas, con algunas ventanas sin vidrios, sanitarios sin grifos, pero los recreos con el bullicio de los niños, alegres, diáfanos. Cuando ya estaba oscureciendo, vio callecitas estrechas, algunas apenas iluminadas, escuchó el estruendo de un tren que se acerca, el ladrido de un perro, el llanto de un bebé una canción de cuna; la melodía
de un tango acompasado lo introdujo a un patio de milonga, entrecerró los ojos, se vio deslizarse por la pista en estrecho abrazo con María, sus narinas se dilataron, percibía el aroma dulzón de los azahares........Con esas imágines desfilando delante suyo, se
pasó los días atisbando el exterior, ya tenía la barba bien crecida, el cuerpo
encogido, se había olvidado de comer y cuando se dormía, soñaba con su ciudad, una mezcolanza de hechos verídicos y fantasiosos. Su empleada comentaba, el Sr. Miguel se volvió loco, vive pegado a la puerta de su casa, no lo puedo sacar de ahí, pretende mirar por el ojo de la cerradura, un algo que
no puede ver, que sólo está en su cabeza, sí está loco, loco de atar.

                                                                                   FELISA JAKUBOWICZ 

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