Me desperté de golpe bañado en sudor, miré a mi alrededor temeroso, anhelante, pero ¡qué suerte!, reconocí mi habitación tan cálida y confortable, ¡estaba en mi cama!, ¿ entonces? ¡ay! tuve una horrible pesadilla; me restregué los ojos tratando de despejarme, y ¡ qué extraño!, aunque algo confuso recordé casi todo mi sueño.
Me hallaba recluído en un sótano lúgubre casi sin aire, apenas una rendija por la que se filtraba un rayo de luz ,y lindando con el piso una portezuela que seguramente daba directo a la calle ,a ras de la vereda, pero no estaba solo, me acompañaban ruidos de distintas tonalidades, que me impedían pensar, varias veces intenté interrogarme, pero…¿qué hago yo aquí?, me sentía como envuelto en un torbellino.
Pasos que vienen y van, algunos rápidos, otros más lentos, quizás un anciano?, parloteos y risas de niños, el golpeteo de algún bastón en la vereda, el desliz probable de una pelota y alguien gritando:¡”agarrala que se va a la calle”!, un bebé llorando y… “ya llegamos mi vida, tranquilo, ya vas a comer” esa expresión tan dulce me consoló un poco; yo tirado en el piso, traté de incorporarme, acercarme a la portezuela y abrirla, imposible; con ese techo tan bajo sentía que me asfixiaba, ¡qué angustia!.
Ahí del otro lado, sí, los chasquidos de besos apasionados ¡ ah! Dos enamorados, cuánto hace que el amor no me convoca, y de repente un terrible estrépito, corridas y gritos, “rápido que el humo nos envuelve, el edificio del municipio se desplomó, ¿ un atentado”? tiros y ayes de dolor “Dios mío corramos” .
Ahí me desperté, pero yo estaba a salvo en mi casa y en mi cama, con mi inefable perra Alondra y feliz calor de hogar, aún no lo podía creer.
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