Mis hermosos zapatos andariegos, cuánto hace que me acompañan!, hemos recorrido tanto trecho como mi imaginación me disparó; compañeros de buenas venturas y otras mal habidas.
¡Cuántos días aciagos mirando sus puntas, me he quedado conversando con ellos, y con pequeñas flexiones parecían responderme; sí, conozco sus signos de impaciencia, cuando se elevan sobre sus talones o pensativos llevan sus puntas hacia adentro; sobre el borde externo se quiebran cuando el cansancio los vence, entonces un pronunciado declive los perturba.
¡Cuántas lluvias y tormentas hemos padecido!, yo me sentía protegida, pero ellos se han empapado, embarrado, despintado; apenas llegados a casa los ponía a secar, acariciaba sus lomos con un suave paño de lana, mientras ellos a los gritos me pedían: ¡” no, nos lleves al hospital de zapatos, con un martillo nos van a dar, con clavijas nos van a horadar”!.... “pero si están casi intactos “, amorosamente les hablaba. Los pinté de azul, reemplacé sus viejos cordones por una hermosa hebilla dorada, les prometí que aún agujereados, nunca los desterraré, son mis compañeros intrépidos que cuando en noches borrascosas la huída era precisa, fueron al trote, pisando fuerte o apenas en puntas de pie entre los altos pastos agitados por el viento.
Y otros momentos vividos, cuando descalzados a orillas del río Tajo, bajo aquél sauce llorón, las horas transcurrían plácidas, felices; siempre conmigo representan en mi vida los más preciados recuerdos de tierras soñadas y pisadas.
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