MIS PIES
¡OH! mis pies ¿qué haría yo sin ellos? ¡Dios me libre!; no pretendo ser trotamundos ¡no tanto qué va!, si no tengo dinero ni tarjetas, tan sólo ellos. Realmente son mis objetos preciosos, lo más apreciado de mi persona.
Gracias a ellos voy de un lado para otro, de mi casa a la calle donde bulle la vida, de mi casa a los parques donde el verde de los pastos me invita a caminarlo y abarcarlo todo ¡ah! mis pies adentrándose en su suavidad cual terciopelo; o en la costa marina hundirme en las blandas arenas, sentir su frescura húmeda, o su ardiente calor, entonces mis pies pobres emiten un quejido ¡ay que me quemo! y rápido se deslizan hacia la orilla del mar para apagar tanto fuego, acallar la insolencia radiante del sol, las burbujas del agua fría son como un bálsamo para mis pies.
También con ellos puedo treparme por las suaves pendientes de alguna montaña y precipitarme carrera abajo en forma alocada y muerta de risa. Ensayar pasos de baile ¡oh bailar qué felicidad!.
Buscar los escondites más estrafalarios cuando con mis hijos juego a las escondidas, recibirlos en mis brazos y con ellos girar, girar cual un fideo fino.
Es tanto y tanto lo que puedo con mis pies que si les pasara algo, como tener juanetes, callos o durezas, me muero; los quiero como a mis hijos o más, no sé.
Los protejo, todas las noches los remojo en agua tibia con espumas jabonosas y los lubrico con cremas perfumadas; sí, los cuido como oro, no sea cosa que se me fueran a enfermar o a torcer, les aseguro que sería para mi un gran bochorno.
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