LA MISERICORDIA DE DIOS
Allá en lo alto, en una miserable casucha montada sobre una maciza estructura, quizás un triste paredón, vivía él; toda una vida dedicada a la ciencia, al estudio de la tierra y la atmósfera circundante; cada vez más seguido pasaba sus horas frente al telescopio, estudiando los planetas con sus lunas, las constelaciones, tratando de vislumbrar hasta la más lejana estrella; se perdía en complicados cálculos matemáticos acerca de los cometas y galaxias, las estrellas fugaces y los posibles eclipses. Casi un ermitaño, tan inmerso vivía en ese mundo, que a veces le parecía aglutinarse cual una estrella cumplido su ciclo, y atraído por una enorme fuerza de gravedad caer inexorablemente en un agujero negro imposible de salir, pero lo que realmente lo desvelaba eran los ovnis; su mente ya era un torbellino, números y visiones diversas bailoteaban en su retina, y llegó a ver objetos sin identificar de diferentes tamaños y estilos por todas partes, a tal punto que, todo el cielo que él tan ávidamente escudriñaba, ya no era tal, sino un enorme plato volador gris espacial.
Cierta noche , tras un terrible estruendo, escuchó una voz poderosa desde lo alto, creyendo que se trataba de Dios, cayó de rodillas ante él implorando por todos los sufrimientos de la humanidad, las injusticias y las miserias; Dios conmovido lo condenó a la inmortalidad.
Me gustó, sobre todo a lo último, cuando dice que Dios lo condenó a la inmortalidad; porque ciertamente, pienso que la inmortalidad sería una condena
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