viernes, 16 de agosto de 2019

REMEMBREANZAS

REMEMBRANZAS

Mi antiguo barrio Villa del Parque, mi casa estilo chorizo, una habitación al lado de la otra y al fondo el baño, la bañadera blanca sostenida por unos pies con diseño arquitectónico al estilo antiguo, la ducha de agua caliente eléctrica como gran adquisición; al lado del baño la pileta de lavar ropa de cuya canilla mi madre solía colgar una gran bolsa con leche cuajada que luego se transformaba en queso blanco.

La primera habitación era la mía y allí mi piano en el que aprendí las primeras melodías, por lo general clásicas, mi padre violinista de profesion, me acompañaba haciendo la armonía; los domingos eran una fiesta cuando él me traía libros de lecturas varias, sembrando en mi el amor por la lectura.  Dicha habitación portaba una amplia ventana que daba al patio, allí perfumaba un limonero con sus azahares blancos, diminutos, y una amplia parra cargada de frutos se extendía glamorosa, degustar y regalar racimos y limones era lo habitual; al fondo un zaguán, donde comíamos en las noches de verano.

Al costado izquierdo del zaguán la cocina, pequeña, casi insignificante pero tan completa,con su ventanita asomándose al patio, ella fue testigo de numerosas fotos, el marco de la ventanita parecía encuadrarlas a la perfección; olores y sabores me remiten a mi madre.

La veo atareada en la cocina, siempre dispuesta, le gustaba cocinar, especiamente amasar y hornear y eran las cintas de fideos caseros con caldo de pollo, los kreplaj rellenos con carne o hígado de pollo, los knaidlej, unos bollos que se preparan a base de matze, harina de trigo sin leudar, me acuerdo de mi comida preferida: una especie de sopa de remolacha que se servía con puré de papas, plato típico de Polonia y ¡qué manjar! la torta de manteca, las masitas rellenas con dulce de ciruela casero; algún viernes volviendo de la escuela ya al abrir la puerta de calle que en aquel entonces no portaba llave alguna, me invadía un aroma exquisito, ¡qué alegría mi mamá cocinando kijalej, mis masitas!, yo solía ayudarle, entonces me vestía de cocinera, un largo delantal me cubría hasta los pies, y una por una iba depositando en la asadera, corazones, rombos, estrellitas etc, como buena gorda esperaba degustarlas enseguida, mi madre me retaba, "¡ no calientes no!, la masa recién horneada es indigesta"; toda embadurnada de harina finalmente me echaba de la cocina, ¡cuánto tiempo de aquel entonces!.

 Dicha casa en la que , hija única viví con mis padres era alquilada pero nuestra; me vi en el patio con mis primos jugando, los saltos a la soga se sucedían sin parar, la vista fija en los mosaicos morados, grandes me infundían una sensación de plenitud, la parra quieta reflejaba mi sombra, acalorada e invadida por la nostalgia no podía parar, y era la soga 1,2,3 y más, y mi reflejo en el piso; casi creí fundirme con ese mosaico, con ese patio, con esa parra, los azahares me estaban embriagando.

 

   


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