No sabía nada de ella, sin embargo la admiraba; la veía pasar todas las tardes por mi calle, con su porte elegante y sus canas incipientes, rápido me asomaba al balcón para ver como desaparecía, tras el largo sendero que conducía a la casa.
Más luego supe, era una antigua vecina del condado, una mujer erudita y de gran belleza había sido, solía conversar con las golondrinas que se amontonaban a su alrededor, las aves de rapiña que abundaban en el parque cercano, se encaramaban a los árboles con sus espantosos chillidos, cada vez que ella pasaba.
Sabía de constelaciones, de soles lejanos y aún más, se decía que había descendido de una nave espacial, o quizás de un cometa, y tantas otras cosas difícil de creer, sin embargo una aureola de encanto misterioso la rodeaba.
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